Eindhoven otra vez: dos becas, un premio ¡y muy merecidos!

Aeropuerto de Eindhoven. 9 de la mañana del viernes. Una novata espera sentada la llegada del siguiente vuelo, cuando de repente empieza a llenarse la sala de tunos que se acercan a hablar unos con otros, a la cinta a buscar sus maletas, o que se van a la salida del aeropuerto. No mucho después, dos integrantes de aquesta ilustre tuna nos embarcábamos en un autobús que nos llevaría al hotel donde nos íbamos a alojar. Allí, nos encontramos con las que venían de recorrer media Europa y, algo después, con las que venían desde Madrid. Afinamos los instrumentos y… ¡al pasacalles!  Seguidamente, y ya que no solo de alcohol vive la tuna, fuimos a reponer fuerzas con una cena más que temprana. Al menos, para nuestros horarios. Después de la cena aún quedaba algo por hacer: el pasabares (nuestros segundos hogares). Canción va… cerveza viene… aplausos… más canciones, y más cerveza… y así hasta que ya completamos el recorrido. Pero como el final no es más que el principio, antes de darnos cuenta íbamos en cuclillas al son de: “¡Que viene mamá paaaaaato! ¡Tachín!” Y los pasos de mamá pato terminaron en tres ascensos muy merecidos: a partir del viernes, uno de nuestros miembros más recientes, Canija, ya tiene derecho a llevar el traje. Asimismo, llegó la muy esperada beca de Madrain y de Halley. Por supuesto, esto no podía quedar sin celebración.
becas
Apenas unas horas después, la muy andariega y fiestera TUCM se ponía en pie para dirigirse a las actividades (esto de empezar tan temprano en España no pasa). El bautizo de novatos. Unos esperaban una fuente, otros una piscina, otros, globos de agua. Pero (para el regocijo novatil, he de decir) se trataba nada menos que de ¡un castillo hinchable! Y para que quede claro que lo de que somos el equipo de natación sincronizada de la Complutense no lo decimos por decir, terminamos el bautizo con una pequeña actuación acuática al son de las verbenas más chulas de San Cayetano.
La conquista del castillo hinchable no hizo sino abrirnos el apetito, por lo que sin más dilación nos repartimos, con el fin de conseguir la mayor cantidad de comida lo más rápidamente posible. Ya con el estómago lleno, podíamos hacer el ensayo general antes de subir al escenario con las canciones que llevábamos tanto tiempo preparando. Y llenas de nervios, ensayamos. Y ensayamos. Y ensayamos. Y ensayamos. Y ensayamos. Y pausa para cerveza. Y ensayamos. Y ensayamos. Y, por fin, actuamos.
Ya más relajadas por haber terminado con las actuaciones, aprovechamos para acercarnos a nuestros viejos amigos y para hacer algunos nuevos, tocar con ellos y beber con ellos (y puede que lucir un poco los nuevos pasos de baile de capa que habíamos aprendido). Y antes de darnos cuenta, se estaban repartiendo los premios. Por segundo año consecutivo, ¡nos llevamos el premio a la mejor solista! Si es que tanto talento junto debería ser pecado… Naturalmente, este acontecimiento también había que festejarlo, y aunque los bares en Holanda cierran temprano, no se necesita más que ganas de divertirse para pasárselo como nunca, y eso hicimos.
A la mañana siguiente, nuestros caminos se separaron. La mayoría vuelven a Madrid, pero otras no estaremos cerca durante una temporada. Pero cuando volvamos, será como si nunca nos hubiéramos ido. Y es que la tuna es muchas cosas, pero es, ante todo, algo que se lleva en el corazón.