Pardillas pasadas por agua

Boceto-balcón
2 de febrero de 2014. 1:00 a.m.

Una noche fría, muy muy fría y aparentemente callada. En la plaza no se escuchaba más que el borboteo de la fuente y los pasos de un paisano camino a casa.

De pronto, en la lejanía, se escucharon voces, que conforme se acercaban, se distinguían risas, muchas risas. Las voces también cantaban, y se acompañaban de guitarras, bandurrias y panderetas.

“Verbenas y verbenas, las más chipé” se escuchaba.

Doblaron la esquina, y allí estaban, en la plaza, al menos docena y media de mujeres vestidas con traje negro de antaño, capas, cintas, becas… La Tuna.

Una de ellas, que portaba una beca morada sobre el pecho. Señaló la fuente y miró a sus compañeras, que sin una palabra, entendieron las intenciones de su hermana.

“¡Pardillas, al agua!” Retumbó por toda la plaza.

Las pardillas, que llegaban ocupando el último puesto al lugar, vestían cada una un disfraz: había una vaca, un hombre gordo, una niña pequeña, una esquiadora y una ama de casa con rulos.

Buscaron en las miradas de sus veteranas un signo, aunque fuera mínimo, de ironía. No lo encontraron.

En ese momento, procedieron a deshacerse de sus disfraces.

Entre más canciones y más risas, las pardillas, con extremada lentitud, fueron entrando a la fuente aun con la esperanza de obtener permiso para retroceder.

Primero un pie, luego otro, y una vez dentro, dieron vueltas alrededor de la estructura central por el agua turbia y helada al son de las canciones de su Tuna.

“Hasta el cuello, pardillas”

Y hasta el cuello les llegó el agua. El frío les congelaba las ideas, sólo podían pensar en salir del agua, pero su sufrimiento se vio compensado cuando una multitud de sonrisas vestidas de traje, les anunció que ellas tendrían ese mismo derecho a partir de ese momento.