Un Mojácar sin descanso, un vuelo en dos palomitas y un adiós a la llanera

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El fin de semana ha estado cargado de emoción, ilusión, confesiones, retos y música, mucha música.

Salimos de Madrid muy ilusionadas por poder participar en un certamen internacional, donde se entremezclan música, pasión y alegría, elementos que tiñen el ambiente para hacerse altamente contagiosos. Llegamos a Mojácar después de un viaje largo pero amenizado con diferentes concursos que improvisamos entre nosotras. Nos juntamos con la tuna de Ciencias de la Salud de Málaga y subimos al pueblo para rondar al jurado del encuentro, que nos esperaba en un balcón. Después de la ronda fuimos cenar, y el resto de la noche transcurrió entre música, alboroto, humor y nuevas y viejas amistades.

El segundo comando llegó a Mojácar en medio de un suave amanecer que iluminaba el que sería su escenario durante el fin de semana. Tras la reunión con el resto de la TUCM, bajamos a lo que alguien ha descrito como una de las cosas más hermosas que puedes ver al despertar: el bufet libre para desayunar del reconocido certamen, donde repusimos fuerzas tras una intensa noche.

Grillo puesto, zapatos limpitos, puños y cuello impolutos, instrumentos afinados y nervios a flor de piel. Se acercaba la hora de la repesca y todo parecía ir a cámara rápida: se perdían disfraces, había que rematar los últimos detalles de la indumentaria, afinar, colocarse y reservar algunas energías para darlo todo en la actuación. Las rutas eran todo un reto, para subir al autobús debíamos esquivar mástiles, al pandereta de turno que andaba bailando, al que se animaba y se arrancaba con la pandereta (con o sin instrumento)… el caso era ir entrando en el ambiente o simplemente, no salir de él.

Créditos: Manteada (Tuna Femenina de Almería)

Ya en la plaza, y una vez superadas las prisas y los inconvenientes típicos de la última hora (¿Alguien ha visto mi pandereta? ¿Dónde está mi afinador?), estábamos listas para la repesca. Entre aplausos, y vítores (no nuestros, el público se vino arriba) comenzamos a cantar. Llevamos un trocito de Madrid al sur.

Tras una rica paella, reencuentros y un poco de reposo (reposo digamos que es sentarse a comer, no que parase el fluir de canciones) tuvimos un ratito para adecentarnos en el hotel nuevamente, ahora más concienciadas: íbamos a escenario e íbamos a ganar, que no siempre significa llevar un premio a casa. El último ensayo, los últimos retoques… ¡Y al escenario! Parapapá papá pararapapá… nos fuimos a las verbenas de San Cayetano, donde baila una capa, dos panderetas y la bandera ¡Vaya artistas! Y como dice el dicho: de Madrid al cielo, donde nos fuimos con Dos Palomitas. Y, ¿qué hay más madrileño que un chotis? Y más si lo canta nuestra sensacional Marujita (¡Olé esa solista!). Lamentablemente, todo lo bueno llega a su fin, y teníamos que bajar del escenario, pero no sin antes despedirnos a la llanera con Venezuela.

Con o sin premio, somos la “tuna máis tuna”, algo que es motivo de celebración… y hablando de celebraciones, tenemos un motivo más, y es el ascenso a traje de nuestra compañera. ¡Enhorabuena Madison! Aprovecho también para agradecerle a nuestras compañeras malagueñas el arrope y el apoyo que nos dieron.

Terminamos la noche “tomando el sol” a las 6 de la mañana mientras esperábamos a que volvieran a abrir el buffet, donde presenciamos el nacimiento de un pato, lo que desencadenó una invasión de huevos. Y como los huevos implican un parto, tuvimos que partir. Pero no creáis que el fin del encuentro fue el fin de la jarana que, como viene siendo costumbre, siguió en autobús de vuelta a casa.