Una anécdota poco común: cuatro tunas, un musulmán y un jamón.

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Hace unos meses, andábamos de viaje por Europa. Es importante para esta historia mencionar que llevábamos un jamón con su correspondiente cuchillo a rastras durante nuestra travesía. Cumpliendo nuestra última etapa, debíamos ir desde Eindhoven (Holanda) hasta Düsseldorf (Alemania), pero no teníamos transporte. Eramos ocho, y decidimos dividirnos en dos grupos y hacer auto-stop. En mi grupo estábamos Chancla, Marujita, Pulgarcita (de la Tuna Femenina de Ciencias de la Salud de Málaga) y yo.

Un amable señor de religión musulmana, se ofreció a llevarnos hasta Venlo, una ciudad fronteriza de los países bajos. Ya finalizando el trayecto, le pedimos al caballero si podía acercarnos a un supermercado, a lo que accedió sin problemas. Con el fin de acompañar a nuestro jamón, compramos pan y tomates. Después, el hombre nos llevó hasta una gasolinera donde dijo que podríamos conseguir transporte hasta nuestro destino final más allá de la frontera. Nos despedimos con cálidas canciones, y cuando al fin se marchó para continuar con su camino, nosotras nos sentamos al borde de la acera con todo nuestro petate para disfrutar de nuestra “copiosa” comida. Sacamos los tomates, sacamos el pan… ¿y el jamón? ¡¿Y EL JAMÓN?!

Sí, queridos lectores, como podéis imaginar, el jamón se quedó en el coche del hombre musulmán. Y, cómo no, nosotras nos vimos envueltas en un gran ataque de risa común. Recobrando la compostura, nuestros estómagos seguían rugiendo, así que decidimos comer lo que había: bocadillo de tomates. Cuando ya volvíamos a ponernos en disposición para volver a hacer auto-stop, vimos como un coche se aproximaba a nosotras. ¡El señor musulmán al rescate! Sí, el hombre, ese maravilloso hombre, volvió para devolvernos nuestro jamón tras ver que nos lo habíamos dejado. (Por supuesto, si llega a ser de Huelva… Dios sabe donde estaría la pieza ibérica)

Felices como perdices, continuamos nuestro camino hasta Düsseldorf de la mano d nuestro jamón.